Tribuna

Salar/Solar, la soledad del desierto blanco

El Salar de Uyuni en Bolivia es una de las maravillas del mundo. Foto: J. I. Siles / Neus Gómez.

La primera impresión en el salar es la más grandiosa y duradera. Hay que tener cuidado para contemplar tanto resplandor. Debes cubrirte los ojos para poder ver. La mirada no puede abarcar un horizonte tan luminoso. Es como situarse en la inmensidad del mar. Pero en un mar único, un desierto blanco, sin vida, intensamente muerto, calcinado por el sol, el viento, el frío, la sequedad y la salmuera que se expande de orilla a orilla como un hermoso desasosiego.

En el salar la vegetación es sólo un producto de la imaginación en unas islas en las que los cactus, centinelas sedientos, llegan a medir varios metros de altura. El impacto llega como la desolación de un paisaje extremo, absolutamente estéril, insalubre, pero inmensamente fecundo en la riqueza de su mineralidad. E infinito en la transparencia y la nitidez de un aire vertical que parece que se fuera a filtrar en la resonancia de un bandoneón a punto de dar su último suspiro.

Después viene lo insólito. La presencia de un vacío interminable. Recorres kilómetros sin que el paisaje cambie. No hay más huella que los vestigios de los vehículos que atraviesan el salar de un punto al otro. Es como si los hombres quisieran jugar a la geometría de las líneas rectas sobre una gigantesca hoja de papel.

Todo es pasajero en este territorio salvo la soledad y el silencio.

Todo es pasajero en este territorio salvo la soledad y el silencio. Porque las huellas desaparecen con el tiempo corto de los hombres. Y la espuma de este mar sin olas no tiene memoria. Aquí la eternidad no es más que el hueso helado de una vaca. O la pequeña rama fosilizada de un árbol prehistórico.

El salar es un desierto deshabitado de una belleza insondable: los pocos hombres que lo transitan apenas se arriesgan a poblar sus orillas. Y hasta los muertos huyen de la sal. Las aves lo surcan y sobrevuelan, pero no les alcanza el viento para sujetar sus nidos. Y no hay pez que sobreviva en sus aguas cuando el terreno se viste de lluvia.

Si el salar es una sábana, de día el cielo azul es una manta en este lecho abierto e infinito. El sol es una sal que quema. Y la noche es un espejo negro y misterioso de un mar de sombras.

El salar es secreto en cuyo árido suelo las voces de los hombres no tienen eco. Y tal vez por ello valga tanto la pena intentar resolver su enigma.

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