Tribuna

La importancia de una cooperación coherente en I+D+I

En una columna anterior que escribí para la SEGIB durante la pandemia, alerté sobre el riesgo de profundizar la brecha científico-tecnológica en América Latina en aspectos tan importantes como el desarrollo, la producción, la comercialización y el acceso a productos intensivos en conocimiento e innovación.

En aquel momento se veía a la pandemia como una oportunidad para entablar renovadas relaciones de paz y progreso iniciando una novedosa etapa para la humanidad acuciada por la amenaza de las guerras biológicas, el riesgo bacteriológico, los desastres nucleares, nuevas-viejas guerras, y otros insólitos peligros planetarios.  ¿Qué ha cambiado del 2020 a la fecha? ¿Todavía la ciencia, la tecnología y la innovación (CTI) presentan oportunidades para un nuevo comienzo?

Todos iguales, pero muy diferentes

Más de dos años de pandemia después, la relación dialéctica entre el centro y la periferia no ha cambiado demasiado, como demuestran ejemplos concretos como el del mercado de vacunas con su correspondiente origen, producción y comercialización.

En un primer momento se suponía que el epicentro de esta “nueva peste” estaba delimitado a China (más precisamente en Wuhan), y que a lo sumo podía extenderse a países asiáticos lindantes.

No pasó mucho tiempo hasta que lo que comenzó como una epizootia se extendió rápidamente hasta convertirse en una pandemia global. Este impertinente virus se esparcía cómodamente con una soltura tal que se permitía cambiar de nombre y hasta mutar a su antojo haciendo de las acciones de defensa débiles y con fecha de vencimiento.

Las entidades privadas han sabido adaptarse más rápidamente al contexto pandémico y han salido fortalecidas.

Luego, llegó la vacuna y siguió otro tren de problemas: falta de stock, altos precios de las dosis, incierta eficacia de la droga, largas colas de espera, clases de primera, segunda y tercera para su aplicación, escándalos mediáticos de funcionarios y políticos, y una larga fila de etcéteras. Por un tiempo se podía pensar que el mundo podía reconvertirse para avanzar atendiendo las demandas de la seguridad sanitaria por parte de la ciudadanía. El mundo tan pequeño y conectado se volvió quieto y enredado.

¿Qué actores salieron fortalecidos tras la pandemia? La respuesta salta a la vista: los centros de investigación y los laboratorios privados que han sabido concentrar el conocimiento, los recursos clave y la capacidad de producción y comercialización han resultado reforzados y percibidos como imprescindibles, excediendo los alcances de cobertura de salud pública. Entonces, ¿qué demandarían los contribuyentes a los administradores de los bienes públicos?

Recuperación, transformación, resiliencia

Las entidades privadas han sabido adaptarse más rápidamente al contexto pandémico definiendo, de acuerdo a sus intereses, las reglas para el acceso a la vivienda, las condiciones de contratos de empleo, el tipo de tasa financiera, la calidad de la sanidad y la educación y una larga lista de recursos.

Mientas tanto los organismos públicos, con su considerable deterioro institucional, quedaron desfasados del inmenso desafío de su época. ¿Se ha abierto el tiempo para impulsar la innovación pública?

Sería provechoso para los gobiernos recuperar el rol activo y cercano de la inversión en conocimiento acompañando al sector productivo, articulando eficientemente y financiando inteligentemente que permita promover ecosistemas saludables, crear empresas de base tecnológica y fomentar el establecimiento de asociaciones público-privadas estratégicas.

Las grandiosas transformaciones se logran cuando hay decisión política de realizar grandes cambios que excedan los tiempos de los turnos democráticos. Porque los sistemas por más resilientes que sean tienen sus propios límites (capacidad de resistir a las amenazas) y por supuesto su necesidad de reorganizarse (para su recuperación).

Las grandes transformaciones se logran cuando hay decisión política de realizar grandes cambios que excedan los tiempos de los turnos democráticos.

En el contexto latinoamericano las diferencias podrían ser aún mayores por lo que nos lleva a reclamar acciones de cooperación internacional y colaboración regional para recuperar las funciones sociales, facilitar la aparición de nuevos actores productivos, coordinar nuevos proyectos interinstitucionales que demanden a su vez la actividad multidisciplinaria y global.

En nuestra región, tenemos ejemplos de creación de redes de colaboración de agencias de promoción de la ciencia, así como proyectos de cooperación para producción pública de medicamentos. Incluso entidades financieras internacionales que respaldan proyectos locales sin pasar por la administración pública nacional.

También se ha observado que algunos gobiernos locales y municipios han decidido crear una función ejecutiva para diseñar, implementar y evaluar planes de Ciencia, Tecnología e Innovación (CTI). Cada caso a su ritmo y a su modo.

Necesitamos marcos de trabajo serios y coherentes para promover acciones conjuntas y articuladas, pero también cierta flexibilidad para hacer modificaciones que atiendan las necesidades del mercado y sus actores privados cuya singularidad y excepcionalidad favorezcan un espacio competitivo de producción. La sociedad del conocimiento es sólo una foto, y la película de la realidad está compuesta de cientos de fotos en constante dinamismo.

Es necesario contar con nuevos instrumentos de financiación, ya sean totalmente públicos o de entidades privadas locales o internacionales, incluso embajadas o fondos regionales creados para tal fin. En todo caso, quedarse con el financiamiento básico en el sentido de subsidio directo o en su detrimento, el crédito, parece insuficiente si el objetivo es acompañar y respaldar innovadores independientes, capaces de asentar un ecosistema moderno de emprendimientos con vocación de actuar en el marco mundial.

La recuperación local también debe venir de la mano de la solidaridad global.

A través de esta tribuna abogamos por el establecimiento de las bases esenciales para un nuevo pacto social iberoamericano e intercontinental que permita establecer una estrategia de innovación que incorpore acciones de cooperación internacional de complementariedad y competencia leal entre los países.

Seguramente, la educación, la innovación, el desarrollo tecnológico y la investigación científica sean campos fértiles para la creación de proyectos sociales sustentados en el conocimiento y provocar el advenimiento de un mejor futuro. La recuperación local también debe venir de la mano de la solidaridad global.

Los argumentos expuestos en esta tribuna responden en exclusiva al punto de vista del autor, que es responsable de las opiniones manifestadas, y no reflejan en ningún caso la postura de la SEGIB

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