Tribuna

JUVENTUD Y EDUCACIÓN: ¿NOS LO TOMAMOS EN SERIO?

Aunque no existe una definición única y excluyente de lo que es ser joven, sí se cuenta con criterios conceptuales de orden biológico y sociohistórico que ayudan a la comprensión acerca de lo que son los jóvenes y la juventud en la sociedad actual.
Uno de los criterios más influyentes a la hora de definir quiénes son los jóvenes hoy, tiene que ver con la experiencia escolar como uno de los principales espacios de socialización educativa de niños y jóvenes.

Intentar comprender el carácter de la relación entre jóvenes y educación resulta una tarea compleja, en razón de las múltiples aristas a tener en cuenta.

Ante todo, la cuestión de las desigualdades sociales, en tanto fenómeno de alcance global con efectos diferenciados en las distintas regiones y países del mundo, es un primer y decisivo factor a considerar en los esfuerzos inclusivos que los estados, los organismos de cooperación internacional y la sociedad civil realizan en el marco de distintos acuerdos (Objetivos del Milenio, Dakar, Cairo 2020) y en el de sus políticas nacionales.

En el caso de América Latina, la región más desigual del mundo, las históricas y estructurales asimetrías adoptan particularidades dentro del mismo sistema educativo que se expresan a través de indicadores como los de la cobertura educativa que muestran, por ejemplo las diferencias entre las cifras de matrícula de alumnos de pre primaria (66%), primaria (93%), secundaria (73%) (CEPAL, 2013 ).

Estrechamente asociado a este indicador, el promedio latinoamericano y caribeño en inversión pública muestra un leve aumento del nivel de gasto público en educación como porcentaje del PIB, pasando de 4.6% en 2000 a 5.2% en 2013 (OREAL, 2014).

el promedio latinoamericano y caribeño en inversión pública muestra un leve aumento del nivel de gasto público

Tomarse en serio la problemática sobre juventud y educación en América Latina supone no solo justificar técnicamente las diferencias de inversión que se presentan en los distintos ciclos educativos sino generar, de modo sostenible, oportunidades que aseguren accesos y coberturas que se proponen lograr los estados con sus políticas.
Los esfuerzos realizados son evidentes, aunque aún insuficientes, tal como muestran las cifras: el promedio del gasto público por alumno como porcentaje del PIB per cápita aumentó levemente en los países de la región durante la década anterior que, en el caso de la educación secundaria se incrementó de 16% del PIB per cápita a al 20.3% entre 2000 y 2013.
En el caso del gasto público por alumno en educación superior, la tendencia fue negativa entre 2000-2013: el promedio de inversión pública por alumno en educación terciaria disminuyó fuertemente entre los países de la región, pasando de un 39,4% del PIB per cápita a 27.2%. Sin embargo, “el promedio del gasto público por alumno en educación superior era en 2013 casi el doble de equivalente en educación primaria.” (OREAL, 2014).

Los consabidos problemas inherentes y asociados a la brecha digital son apenas una parte de una gama de nuevas cuestiones instaladas en las prácticas y procesos de socialización escolar

A este primer conjunto general de datos básicos, cabe agregar una serie de dimensiones cruciales en la formación actual de la juventud, tales como la mutación cultural que ha supuesto la irrupción y establecimiento de la cultura digital en las prácticas escolarizadas y en aquellas que se desarrollan por fuera de la institución educativa.

Los consabidos problemas inherentes y asociados a la brecha digital son apenas una parte de una gama de nuevas cuestiones instaladas en las prácticas y procesos de socialización escolar, donde se requiere repensar enfoques y metodologías de aprendizaje, aspectos atinentes a las relaciones interculturales y a los diálogos intergeneracionales, entre otras.

Los desafíos, de cara a la disminución de las desigualdades sociales a través de la inversión educativa focalizada en los y las jóvenes así como aquellos de carácter pedagógico y comunicacional, están a la vista y comprometen la intervención coordinada de los actores institucionales implicados que, como inevitable punto de optimización de sus esfuerzos, deberán conocer qué son las juventudes actuales desde sus prácticas y expectativas.

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