Indígenas

Índigenas: ¿qué dirección?

El reconocimiento de derechos plantea nuevos retos y una reflexión sobre su eficacia

La década de los años noventa se consideró un tiempo ganado para los pueblos y nacionalidades indígenas. Al reconocimiento de derechos del Convenio 169 de la OIT en 1989, le siguieron sucesivos hitos que convirtieron a los indígenas en un actor protagónico de la región: el Primer Decenio Internacional de los Pueblos Indígenas del Mundo en 1994, el Premio Nobel a Rigoberta Menchú o la ampliación de reconocimientos constitucionales de derechos fueron logros que hicieron visibles sus demandas y colocaron sus reivindicaciones en el centro de la agenda política regional.

Sin duda, gran parte de estos reconocimientos fueron conquistados por los propios indígenas. Su organización y su capacidad para articular una acción colectiva eficaz les permitió no sólo lograr dicho reconocimiento sino también adquirir una legitimidad en el conjunto de la sociedad. “Nunca más sin nosotros” fue uno de los lemas que protagonizaron las reivindicaciones de los años noventa. Un planteamiento que fue asumido por las instituciones y que contó con el apoyo de diversos sectores sociales y políticos que pronto se sumaron a la causa.

Movilizaciones como las del Inti Raimy en Ecuador en 1990, o las marchas de los indígenas de tierras bajas en el Oriente boliviano sacudieron los pilares de la región, así como la irrupción de los zapatistas mexicanos o los avances de jurisprudencia en Colombia, hechos que favorecieron que lo habían sido demandas históricas pudieran concretarse en demandas específicas.

Estos procesos permitieron además crear redes regionales, recuperar nociones como Abya Yala (Tierra en plena plenitud) y revalorizar y concretar algunos de los principios que habían caracterizado las costumbres indígenas. En especial, su relación con el territorio tuvo un impacto fundamental, con una visión alternativa del desarrollo, que ha popularizado en los debates sobre el mismo términos como Sumak Kawsay (Buen Vivir). Estos avances tuvieron también un reflejo en los sistemas políticos y las instituciones de los países, cuyo ejemplo más emblemático son las últimas Constituciones de Ecuador y Bolivia, que incluyen el reconocimiento de la plurinacionalidad, lo intercultural y la autonomía territorial.

El reconocimiento de derechos plantea preguntas sobre su impacto real

Sin embargo, ¿ahora qué? Este éxito en el reconocimiento de derechos conduce a nuevas preguntas, especialmente, a cuál es el impacto verdadero en el día a día de los pueblos indígenas, en cómo ha mejorado su vida.

El último informe del Índice de Desarrollo Humano del PNUD de 2016 alertaba sobre un desarrollo que aún no es parejo para todos y subrayaba cómo los indígenas son los grandes perdedores del avance general de la región en los últimos años. Los datos hablan por sí solos: pobreza y pueblos indígenas siguen yendo de la mano, y las desigualdades en la escala social siguen reproduciéndose.

En una línea similar el Banco Mundial calcula que el 8 por ciento de la población latinoamericana es indígena y que el 14% de los pobres de la región también lo son, así como el 17% de las personas que se encuentran en el escalón más bajo, de la extrema pobreza.

No es cuestión de plantear un panorama catastrofista pero sí de llamar a la reflexión y, sobre todo, de continuar tomando como prioridad políticas públicas focalizadas en generar oportunidad para las poblaciones indígenas, a partir de un paradigma de desarrollo que parta de sus propias demandas.

El 14% de personas en situación de pobreza y el 17% en extrema pobreza en la región son indígenas

En ese sentido, el trabajo emprendido por el Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas y el Caribe (FILAC) hace ya un cuarto de siglo sigue siendo fundamental para impulsar una necesaria concertación política y generar espacios de diálogo sobre cuáles son las prioridades de desarrollo en la región.

Cuestiones como el futuro de la juventud indígena, el liderazgo de la mujer o la contribución a la paz son aspectos que ganarán protagonismo en los próximos años. Sin olvidar que parte del éxito de la Agenda 2030 dependerá sin duda de que no deje, realmente, a nadie atrás. Tampoco a los indígenas.

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