Inclusión

Sonidos para la esperanza

Daniel tiene 16 años y acapara miradas. Con una destreza entrenada durante la mitad de su vida, sus solos de trompeta guían a la joven orquesta mexicana Sonemos que reúne a 70 niños de entre 10 y 18 años y que, a través de la música, les ofrece una oportunidad para mejorar su vida.

Sentado al costado de su abuela Inés, la culpable de que Daniel comenzara a enamorarse de la música, dice con la madurez propia de alguien mayor que no sabe qué habría sido de su vida si no se hubiera topado con la trompeta.

Recuerda que no todo fue un camino de rosas para llegar a la orquesta municipal de Tepoztlán (Morelos, México) y que tardó varios años en contar con un maestro estable que pudiera ayudarle a estudiar el instrumento al que hoy le dedica muchas horas de su día a día.

“Pensé en dejarlo pero la música se volvió parte de mí, ya no era un hobbie, sino parte de mí”, cuenta el mismo día en el que se presentó a las pruebas de una escuela para dedicarse a su pasión de manera profesional.

Gracias a los proyectos que apoya la Cooperación Iberoamericana, muchos niños han podido cumplir su sueño de tocar un instrumento

Pasión que nació gracias al programa de cooperación iberoamericana Iberorquestas Juveniles y al incondicional apoyo de su familia, quienes, capitaneados por la abuela, se toparon casi por casualidad con la orquesta de Tepoztlán.

“En la casa somos de familia numerosa, vivimos seis personas y no había lugar para que los niños jugaran”, se sincera Inés, quien se muestra muy agradecida con los maestros que han acompañado a Daniel en su educación musical.

Echa la vista atrás y rememora las conversaciones que tuvo con los responsables de las orquestas, con los que se entrevistó para que aceptaran a Daniel y quienes les concedieron una ayuda para pagar el transporte desde su casa a lugar de ensayo.

“Estoy muy contenta porque él está contento con la música, cuando puedo apoyar vengo, a veces no puedo, pero ahí estamos apoyando, no nos queda otra que si le gusta que apoyarlo, tanto su madre como yo, estamos muy contentas porque él ha respondido”, dice.

Xoel Espinosa, director de la escuela de primaria Profesor Miguel Salinas en Santiago Tepetlapa, de donde procede una gran parte de los niños de la orquesta, está convencido de que el desarrollo de los niños es muy diferente a raíz de encontrarse con la música.

Espinosa opina que los niños de Sonemos “son más artísticos, desarrollan otra inteligencia y saben trabajar en equipo” y constata día a día que “se esfuerzan para cumplir con sus trabajos académicos en la escuela” para después “cumplir con la responsabilidad de la orquesta”.

El director insiste en las ventajas del proyecto que, según él, favorece no solo a la “transformación” como músicos de los chicos y chicas en músicos sino también “como seres humanos”. “Les enseña a ser tolerantes y se canaliza en una mejor convivencia con los demás compañeros, en actitudes diferentes. Niños que antes eran inquietos, rebeldes, hoy son tolerantes, pacientes, integran a los demás, no generan conflicto”, explica.

El caso de la Banda Sinfónica Comunitaria de Texcoco

A casi 125 kilómetros al norte de Tepoztlán, en la ciudad de Texcoco (en la región oriente del Estado de México), al igual que Daniel y su familia, otros padres mexicanos se muestran felices por el cambio de rumbo que ha dado la vida de sus hijos, con su incorporación a diferentes agrupaciones musicales que Iberorquestas tiene en la zona.

Iberorquestas está presente en 14 países y tiene como objetivo formar en valores a través de la música

Este es el caso de Genoveva y Luis Horacio, cuyas tres hijas pasan dos tardes por semana en la Banda Sinfónica Comunitaria de Texcoco. Regina, Arantza y Valeria nacieron rodeadas de músicos en la familia y en el momento en el que su madre supo de la existencia de esta banda, las “indujo” para que formaran parte de la misma.

“La música ha influido mucho en ellas”, cuenta Luis Horacio, quien valora que la convivencia en la banda ha provocado que sus tres hijas hayan “aprendido a desenvolverse” con el resto de sus compañeros.
Arantza, la menor de las tres hermanas, toca el fagot y se prepara para entrar pronto en una escuela oficial en la Ciudad de México: “lleva solo cuatro o cinco meses, pero ha tenido un avance muy rápido”, asegura orgulloso Luis Horacio.

“Qué padre que le haya gustado la música, y que nosotros les hayamos inducido a que le echen ganas, a que no lo vean como un trabajo cualquiera, sino como una profesión muy bonita. Es nuestra meta”, finaliza.

Testimonios

Arturo Márquez es un reputado compositor mexicano. Premio Nacional de Bellas Artes en 2009, el destino le tenía reservado una sorpresa. Próximo a jubilarse, surgió un nuevo proyecto, del que él y su mujer quedaron prendados.

Mayte Estefanía de Solera toca el fagot, un instrumento del que se ha enamorado y que le ha permitido abrir nuevos horizontes. Como adolescente sueña con ser música profesional y trazar un camino propio, mientras lo consigue, disfruta en los ensayos con sus compañeros y compañeras.

Ana Alejandra Aguilar Espinosa tiene dos hijos y una hija. Los tres tocan instrumentos de aire. Un aprendizaje musical que también ha transformado la convivencia de esta familia, ahora más unida que nunca.

Álvaro Ortiz de Rojas es profesor de fagot, oboe y flauta, un trabajo que al principio requirió de esfuerzo. Asegura que la energía de sus estudiantes le sorprende cada día, un impulso imprescindible para una labor que no solo contribuye a formar músicos sino también personas.

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