Energía

Crisis energética, ¿principio de una revolución renovable?

La guerra en Ucrania está reescribiendo un futuro en el que las energías limpias pueden ganar importancia frente a los combustibles fósiles, tan altamente vinculados a la geopolítica y a la degradación ambiental. Para Iberoamérica, se abre un camino para la transición energética y propulsar una recuperación verde e inclusiva.

Cuando el mundo avanzaba tímidamente hacia la recuperación post COVID, la guerra en Ucrania lo cambió todo.  A la profunda crisis socioeconómica derivada de la pandemia y las tensiones en las cadenas globales de producción, se suma ahora una crisis energética de grandes dimensiones que está rediseñando el futuro del mercado energético global.

El hecho de que los precios internacionales de los hidrocarburos hayan alcanzado máximos históricos por el temor a una interrupción del suministro de petróleo y gas ruso replantea el concepto de “seguridad energética” en términos de diversificación tanto de las fuentes de energía como de los países que la suministran.

“La emergencia climática y las tensiones geopolíticas internacionales deben impulsar una agenda regional para una recuperación verde que no deje a nadie atrás”. (Andrés Allamand, secretario general iberoamericano).

A medida que las bombas arrasan Ucrania, se disparan también la inflación y con ella, las tensiones sociales.  La energía supone para Iberoamérica una correa de transmisión de crisis que confluyen, primero la desatada por la pandemia y ahora la crisis energética y económica producida por la invasión de Rusia contra Ucrania.

Aunque nuestra región no dependa directamente de los hidrocarburos de Rusia, los países importadores y con una matriz energética más dependiente de combustibles fósiles sentirán más duramente los efectos del aumento de precios y la reducción de la oferta, en comparación con aquellos con una matriz más limpia. Por su parte, los países latinoamericanos exportadores de petróleo y gas podrían beneficiarse en el corto plazo de esta escalada de precios, poniendo en pausa la transición hacia energías limpias.

“Estamos ante el inmenso desafío de crecer de forma sostenible, inteligente e inclusiva. La emergencia climática y las tensiones geopolíticas internacionales nos deben impulsar a cooperar para encontrar soluciones comunes a desafíos compartidos. Necesitamos articular una agenda regional para una recuperación verde que no deje a nadie atrás”, afirma el secretario general Iberoamericano, Andrés Allamand.

En este nuevo especial del Portal Somos Iberoamérica, analizamos si esta crisis energética, tan asimétrica en sus efectos, junto con el desafío medioambiental, en el medio plazo podrían transformar el panorama energético en Iberoamérica, acelerando la transición hacia energías limpias.

Momento para las renovables

Según cifras de la Organización Latinoamericana de la Energía (OLADE), la región alcanzó en 2021 un 60% de “renovabilidad” en su capacidad instalada de generación eléctrica.  Ese mismo año, pudo generar un 33% de la electricidad a partir de fuentes renovables, en comparación con el 13% de promedio mundial.

Iberoamérica es una de las regiones del mundo con mayor potencial para el desarrollo de proyectos e inversiones en energías renovables por su abundancia de recursos hídricos, solares y eólicos.

Aunque el potencial para las energías renovables existe en toda la región, la transición energética es desigual. Según datos del Foro Económico Mundial, Uruguay, Costa Rica, Colombia, Brasil y Chile son los países latinoamericanos más adelantados en el uso y consumo de energías limpias.

Iberoamérica es una de las regiones del mundo con mayor potencial para el desarrollo de proyectos e inversiones en energías renovables

El caso de Costa Rica resulta especialmente interesante. Con una matriz energética compuesta por un 99% de energías renovables, Costa Rica ha hecho del cuidado del medioambiente una política de Estado y una seña de identidad, demostrando que “la agenda verde y el crecimiento económico pueden ir de la mano”, tal y como explicó recientemente su presidente Carlos Alvarado durante un coloquio en la sede de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB).

En un momento en que la diversificación energética es un objetivo estratégico para las economías desarrolladas, se abren oportunidades de inversión para países iberoamericanos que han apostado por los biocombustibles como el etanol o el hidrógeno verde.

El hidrógeno verde, también llamado “combustible del futuro”, tiene un gran potencial aún sin explotar en América Latina.  Según datos de la CEPAL, Brasil, Chile, Perú, Bolivia, México, Costa Rica y Argentina tienen las condiciones para desarrollar la industria competitiva de hidrógeno verde, aunque para ello la región deba trabajar en un marco político, institucional y de regulación más atractivo para las inversiones.

Energía limpia para alcanzar la “última milla”

En una región duramente golpeada por la crisis COVID y donde  más de 10 millones de personas aún carecen de electricidad, las renovables pueden ser una alternativa fiable para cerrar las brechas de acceso eléctrico mediante inversiones que generen empleos y contribuyan a una reactivación económica que sintonice con el reto ambiental.

Energías limpias como la fotovoltaica están acercando un primer acceso eléctrico a comunidades rurales más desfavorecidas de la mano de empresas sociales como Light Humanity que desarrolla tecnología solar asequible para iluminar áreas de difícil acceso para la red eléctrica convencional. Otras iniciativas gubernamentales apoyadas por organismos internacionales, como el proyecto eMujer en Perú,  capacitan a las mujeres rurales para que gestionen, instalen y propaguen la tecnología fotovoltaica en la Amazonía y el altiplano peruano.

Gran cantidad de proyectos público-privados están “mirando al sol” para llevar electricidad a ese postergado 2% de la población iberoamericana que aún vive a oscuras. Se estima que el 29% del nuevo acceso a la electricidad se realizará mediante sistemas fotovoltaicos domiciliarios, según el informe “ODS7 en Iberoamérica: Alcanzar la última milla”, publicado por la Asociación Iberoamericana de Reguladores de Energía (ARIAE), la Mesa de Acceso Universal a la Energía (MAUE) y la SEGIB.

Se estima que el 29% del nuevo acceso a la electricidad se realizará mediante sistemas fotovoltaicos domiciliarios.

Aunque las zonas rurales protagonizan el gran desafío del acceso eléctrico, las ciudades tienen un papel clave en la transición hacia energías limpias, la eficiencia energética y la lucha contra el cambio climático. Las zonas urbanas concentran entre el 60% y 80% del consumo eléctrico y el 75% de las emisiones de gases de efecto invernadero, según cifras de Naciones Unidas.

Del desafío a la oportunidad

En un momento de tensión en los mercados energéticos, tanto las ciudades como muchas actividades económicas altamente intensivas en electricidad enfrentan el desafío del uso racional de la energía, que conlleva ahorros importantes para familias y empresas y un aumento en la competitividad de las empresas.

“La eficiencia energética es un recurso que poseen todos los países en abundancia y que es clave para que en un futuro cercano toda la demanda eléctrica pueda satisfacerse con fuentes renovables”, explican desde el Observatorio Iberoamericano de Cambio Climático y Desarrollo Sostenible.

Aunque en el corto plazo el mundo desarrollado siga mirando al petróleo como vital para garantizar el suministro energético, parece claro que la guerra en Ucrania está reescribiendo un futuro en el que los combustibles fósiles—tan atados a la geopolítica— paulatinamente podrían ir perdiendo peso.

Además, la crisis climática producida por el abuso de esos mismos combustibles fósiles no solo no desaparece con la guerra, sino que se profundiza.

Para Iberoamérica, la transición energética tiene el potencial de propulsar una recuperación verde que genere empleos a la vez que sintoniza con el reto medioambiental.

Y es precisamente en el tema ambiental vinculado a la recuperación económica, donde Iberoamérica ha encontrado vías de acción común, reconociendo “la necesidad de desvincular el crecimiento económico de la degradación medioambiental” tal y como quedó reflejado en la  Declaración de la XXVII Cumbre Iberoamericana.

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